Alguna vez
leí en algún lugar, que cuando somos pequeños e indefensos, nos llama la
atención los ruidos fuertes, los reflejos inesperados así como los
movimientos creados por uno mismo; porque en nuestra escondida sabiduría, lo
vemos como una manera crear con nuestros recursos, una forma de Poder en el
mundo que nos rodea, de alguna manera sabemos, que lo que estamos haciendo,
vuelve eficiente nuestra capacidad.
Como todas
las cosas importantes, se experimentarán siempre a lo largo de tu Vida, pero de
una diferente manera cada vez. Así me pasó la primera vez que disparé una arma.
Fue una Colt .45, una arma muy potente, en percepción, la arma más fuerte que
alguna vez he disparado.
Un pedazo de
metal totalmente frío, lo suficientemente pesado, para que sea muy difícil
sostenerlo de manera fija a la distancia de tu brazo en aire. Un olor muy
fuerte, incluso antes de disparala, una mezcolanza del olor agrio del metal,
con el olor opaco de una mano nerviosa. Como si sostuvieras una moneda en tu
mano por largo tiempo en un día Verano. Un arma muy grande, que aún cuando la
abrazo con mis manos, se percibe que está hecha para hombres aún más grandes.
Un porte muy especial, no es como tomar una plancha, o una computadora. Es como
si tuviera un espíritu dentro, te deja muy en claro, que en ningún momento,
ella será tu herramienta, sino tu cómplice. Con una mira totalmente pequeña,
intentas, con un esfuerzo notable, que coincida la línea de tu mirada con el
objetivo. Mil pensamientos pasan por tu cabeza, tienes que hacerlo bien, ¿Debo
aguantar la respiración?¿Estoy bien parado?¿Tiene seguro? Hasta que un dedo
lleno de miedo, toma el valor de compartir todo el esfuerzo que haces para que
no se vaya a regresar el arma. y Disparas. Una energía inmensa entre tus dos
manos, es el percibir el impacto de un camión contra una pared, reteniéndolo
por un instante en tu cuerpo. Durante un confuso momento, intentas distinguir
el qué ha pasado, ¿Dónde salió todo ese fuego?, ¿Se movió demasiado? ¿Le
di al Blanco? Alcanzas a percibir, que por un instante compartiste la
experiencia de poder del hombre, eso sintió todo villano y héroe en la
historia, antes de la cúspide.
Como todo
hombre, intenté hacer la experiencia más fuerte, hasta destrozarla. No pude
frenar allí, después de dispararle a una infinidad de blancos, y de imitar toda
película de acción que haya visto, incluso repetir algunos diálogos. Hasta
donde brotó la maldad que yace en mí, esa parte que Jesús nombró como “Satanás”
refiriéndose al contrario. Y sintiéndome lo superior suficiente como para
elegir con la Vida y la Muerte de un ser vivo. Sin ser ningún tipo de
coincidencia, una paloma pasó por mi cabeza, posándose a lo lejos, y
volteándome a ver con una mirada de misericordia ante mi crueldad, compartiendo
conmigo un momento que iba a pasar a la historia. La miré, guardé la
respiración, esperando que coincidiera su frente con la cruz que se formaba
frente a mi ojo. Disparé, se frenó el tiempo, pareciendo que al mismo tiempo
los dos compartíamos un mismo impacto, uno en el hombro, otro en el centro de
la cabeza. Voló, al menos intentó, empezó aletear muy torpe, hasta que cayó al
suelo. En ese momento empezaba a tener a conciencia de lo que había hecho,
aunque caminaba hacia ella, no quería llegar, quería saber que no le había
pegado, que por alguna milagrosa razón, el Dios al que por un instante le di la
espalda, no se la había dado a ella.
Llegué, un
animal totalmente blanco, hermoso, puro y perfecto. Mi primer reacción fue
cargarlo. Al quedarme a unos cuantos centímetros de tocarlo, me di cuenta del
asco que me daba. Me daba asco cargar un animal muerto. En este momento, fue la
verdadera epifanía. de lo que había hecho, la clase de monstruo que había sido.
Me daba asco, no la vida que había tomado, me daba asco el saber que lo había
hecho Yo. Con un profundo dolor, la levanté, le pedí perdón a ella y a mi Dios,
la enterré junto conmigo mismo.
Fue ese
momento, donde descubrí algo tan real como cualquier cosa. La Muerte, no sólo
la obvia, si no las constantes muertes que uno tienen a lo largo de su Vida.
Qué Bello sería Conservar todo nuestro Ser a lo largo del tiempo, aunque
imposible. Aprendí que en el momento en que Yo quité aquella Vida, enterré una
parte mía con Ella. Que ya nunca volvería a ser el mismo, que aquella parte a
la que renuncié en ese momento, ya nunca podría recuperarla. Le disparé a una
parte de mi Ser. Me disparé a mí mismo.
Como toda
muerte aceptada, realcé una parte de mi Vida. Me hice consiente, que ya no
quería ir dejando pedazos de mi Vida por todas partes, y culpar al destino, de
una vacía y cruel Vida, el día que me diera cuenta de su poca profundidad.
Como todo
niño que desarrolla un miedo al dolor experimentado, desarrollé un temor a la
muerte y a la maldad. Al ir poniendo cada vez más atención descubrí, que
la Muerte de Aquel pedazo de Dios, había sido la más pequeñas de las muertes
que Yo había causado. Ni el rifle, ni la Colt, ni alguna navaja. Se podía
comparar a todos los muertos causados por mi lengua. Fui descubriendo poco a
poco, que era un francotirador de profesión. Y mi especialidad eran las
personas que Amaba. Ni una bala del tamaño de mi dedo, podía destruir con la
facilidad de mi lengua al apuntar a los sueños y las esperanzas de los demás.
Descubrí que compartía una cultura de muerte con todas las personas, donde el
objetivo era destruirlos más que uno mismo.
Logrando ver
todo el mal que Yo había hecho en mi Vida, fui a confesar mis pecados en el
centro de mi corazón. Y desde ese momento nunca iba a volver a juzgar el
pecado, sino Amar el pecador, poner como Objetivo el poder mostrar la Vida que
tenía adentro, y descubrieran lo que les quedaba a ellos.
Les cuento
esta historia, para que no descubran demasiado tarde el dolor. Porque Yo tuve
que enseñar la Crueldad a un Ser Vivo, para que en su Misericordia él me
enseñara qué era el Amor.
