viernes, 29 de julio de 2016

El día que un Arma me Mató.



Alguna vez leí en algún lugar, que cuando somos pequeños e indefensos, nos llama la atención los ruidos fuertes, los  reflejos inesperados así como los movimientos creados por uno mismo; porque en nuestra escondida sabiduría, lo vemos como una manera crear con nuestros recursos, una forma de Poder en el mundo que nos rodea, de alguna manera sabemos, que lo que estamos haciendo, vuelve eficiente nuestra capacidad.

Como todas las cosas importantes, se experimentarán siempre a lo largo de tu Vida, pero de una diferente manera cada vez. Así me pasó la primera vez que disparé una arma. Fue una Colt .45, una arma muy potente, en percepción, la arma más fuerte que alguna vez he disparado. 

Un pedazo de metal totalmente frío, lo suficientemente pesado, para que sea muy difícil sostenerlo de manera fija a la distancia de tu brazo en aire. Un olor muy fuerte, incluso antes de disparala, una mezcolanza del olor agrio del metal, con el olor opaco de una mano nerviosa. Como si sostuvieras una moneda en tu mano por largo tiempo en un día Verano. Un arma muy grande, que aún cuando la abrazo con mis manos, se percibe que está hecha para hombres aún más grandes. Un porte muy especial, no es como tomar una plancha, o una computadora. Es como si tuviera un espíritu dentro, te deja muy en claro, que en ningún momento, ella será tu herramienta, sino tu cómplice. Con una mira totalmente pequeña, intentas, con un esfuerzo notable, que coincida la línea de tu mirada con el objetivo. Mil pensamientos pasan por tu cabeza, tienes que hacerlo bien, ¿Debo aguantar la respiración?¿Estoy bien parado?¿Tiene seguro? Hasta que un dedo lleno de miedo, toma el valor de compartir todo el esfuerzo que haces para que no se vaya a regresar el arma. y Disparas. Una energía inmensa entre tus dos manos, es el percibir el impacto de un camión contra una pared, reteniéndolo por un instante en tu cuerpo. Durante un confuso momento, intentas distinguir el qué ha pasado,  ¿Dónde salió todo ese fuego?, ¿Se movió demasiado? ¿Le di al Blanco? Alcanzas a percibir, que por un instante compartiste la experiencia de poder del hombre, eso sintió todo villano y héroe en la historia, antes de la cúspide.

Como todo hombre, intenté hacer la experiencia más fuerte, hasta destrozarla. No pude frenar allí, después de dispararle a una infinidad de blancos, y de imitar toda película de acción que haya visto, incluso repetir algunos diálogos. Hasta donde brotó la maldad que yace en mí, esa parte que Jesús nombró como “Satanás” refiriéndose al contrario. Y sintiéndome lo superior suficiente como para elegir con la Vida y la Muerte de un ser vivo. Sin ser ningún tipo de coincidencia, una paloma pasó por mi cabeza, posándose a lo lejos, y volteándome a ver con una mirada de misericordia ante mi crueldad, compartiendo conmigo un momento que iba a pasar a la historia. La miré, guardé la respiración, esperando que coincidiera su frente con la cruz que se formaba frente a mi ojo. Disparé, se frenó el tiempo, pareciendo que al mismo tiempo los dos compartíamos un mismo impacto, uno en el hombro, otro en el centro de la cabeza. Voló, al menos intentó, empezó aletear muy torpe, hasta que cayó al suelo. En ese momento empezaba a tener a conciencia de lo que había hecho, aunque caminaba hacia ella, no quería llegar, quería saber que no le había pegado, que por alguna milagrosa razón, el Dios al que por un instante le di la espalda, no se la había dado a ella.

Llegué, un animal totalmente blanco, hermoso, puro y perfecto. Mi primer reacción fue cargarlo. Al quedarme a unos cuantos centímetros de tocarlo, me di cuenta del asco que me daba. Me daba asco cargar un animal muerto. En este momento, fue la verdadera epifanía. de lo que había hecho, la clase de monstruo que había sido. Me daba asco, no la vida que había tomado, me daba asco el saber que lo había hecho Yo. Con un profundo dolor, la levanté, le pedí perdón a ella y a mi Dios, la enterré junto conmigo mismo.

Fue ese momento, donde descubrí algo tan real como cualquier cosa. La Muerte, no sólo la obvia, si no las constantes muertes que uno tienen a lo largo de su Vida. Qué Bello sería Conservar todo nuestro Ser a lo largo del tiempo, aunque imposible. Aprendí que en el momento en que Yo quité aquella Vida, enterré una parte mía con Ella. Que ya nunca volvería a ser el mismo, que aquella parte a la que renuncié en ese momento, ya nunca podría recuperarla. Le disparé a una parte de mi Ser. Me disparé a mí mismo.


Como toda muerte aceptada, realcé una parte de mi Vida. Me hice consiente, que ya no quería ir dejando pedazos de mi Vida por todas partes, y culpar al destino, de una vacía y cruel Vida, el día que me diera cuenta de su poca profundidad.

Como todo niño que desarrolla un miedo al dolor experimentado, desarrollé un temor a la muerte  y a la maldad. Al ir poniendo cada vez más atención descubrí, que la Muerte de Aquel pedazo de Dios, había sido la más pequeñas de las muertes que Yo había causado. Ni el rifle, ni la Colt, ni alguna navaja. Se podía comparar a todos los muertos causados por mi lengua. Fui descubriendo poco a poco, que era un francotirador de profesión. Y mi especialidad eran las personas que Amaba. Ni una bala del tamaño de mi dedo, podía destruir con la facilidad de mi lengua al apuntar a los sueños y las esperanzas de los demás. Descubrí que compartía una cultura de muerte con todas las personas, donde el objetivo era destruirlos más que uno mismo.

Logrando ver todo el mal que Yo había hecho en mi Vida, fui a confesar mis pecados en el centro de mi corazón. Y desde ese momento nunca iba a volver a juzgar el pecado, sino Amar el pecador, poner como Objetivo el poder mostrar la Vida que tenía adentro, y descubrieran lo que les quedaba a ellos.


Les cuento esta historia, para que no descubran demasiado tarde el dolor. Porque Yo tuve que enseñar la Crueldad a  un Ser Vivo, para que en su Misericordia él me enseñara qué era el Amor.