domingo, 4 de agosto de 2013

Un viejo me aconsejó...

"Hijo no te alejes tanto, hijo allá está muy hondo" todos esos gritos que alguna vez mi madre echó, con una preocupación que sólo una cría puede sacar a flote.
 Pareciera que los ecos siguen resonando con cada ola que rompe en éste mohoso lugar. Todo ha cambiado, ya no está mi madre persiguiéndome con un bote de bloqueador, el castillo de arena pareciese qe alguien lo derrumbó y mi espalda roja creo que por fin curó.

Ya no está el diminuto yo enfrentando una demasía de olas sin temor alguno. Ese hombresito que pese a las lágrimas que la arena en su nariz causaba cada vez que era derrotado en alguna afronta con una ola gigante, nunca se le veían aflojados los mocos la adversidad. No imaginaba cómo se verían mis rodillas sin algún raspón, qué podría hacerle ese inmenso mar a aquel pequeño súper héroe, su única preocupación era que alguien hubiera vertido kriptonita por equivocación...

Ahora regreso muchos atardeceres después, un mundo diferente, donde muchos aprendizajes fueron curtiendo mi piel, donde aprendí que tengo mucho más debilidades además de la kriptonita,  donde el protector solar que alguna atiborró de blanco mi cara, ya no es suficiente para cubrir esta desgastada armadura, donde ya no hay princesas a las cuál salvar, sino princesas de quién salvarme, a dónde volar dejó de ser mi preocupación inmediata y se convirtió a dónde seguir caminando. Donde una espalda quemada no es todo el dolor que una tarde puede causarme,  Donde la preocupación del "qué comeré en el hotel" se convirtió al "cómo comeré mañana". Un mundo que encapsuló a todos mis archienemigos dentro de mi ser, un lugar donde una capa ya no es capaz de protegerme del mundo ni de mí mismo. Un lugar donde metrópolis se convirtió en el mundo real...

Al escucharme un viejo platicando con este café y está cerveza que me acompañaban, no evitó entrometerse y me aconsejó....

"Miren quién está allí, es el diminuto ser que alguna vez me desafiaba. El pequeño súper-héroe que no temía nada, quién sería capaz de reconocerlo ahora... 

Frágil y temeroso, como todos los demás.

Cuánto ha pasado desde la última vez que nos vimos? Horas, días, semanas o años? Disculpa que no lleve la cuenta, pero contar el tiempo es la tortura de nosotros los viejos... Todos regresan alguna vez, algunos antes y algunos después, todos con una anécdota y un dolor. Yo los escucho, pero disculpa que no los tome en serio. He visto la vida, he visto la muerte, la enfermedad y la salud, las alegrías, las tristezas, la valentía y las derrotas. Todo en una sólo ola mía, todo en un atardecer como éste, pero mañana habrá otro, y un mundo de aventuras le acompañan. 

Recuerdo al diminuto tú, ahora viene el acongojado tú, mañana vendrá el tú papá y en unas horas el viejo tú, todos con una historia diferente, todos con anécdotas diferentes. Pero sólo les puedo decir una cosa, disfruta tus batallas, en el luchar se esconde la belleza de la vida. Las cicatrices nunca dejan la huella del dolor sino de una victoria" 

Era hipnotizante la sonrisa bonachona de aquél viejo, por cuerpo un Océano, por rostro un Mar, era imposible no oirlo. Su dulzura me cobijaba (y sí dulzura, que como cualquier viejo interesante es incomprendido y juzgado, algunos lo culpan de ser salado, pero él es el agua más dulce que existe. Lo "salado" sólo es la huella que el tiempo le está dejando, son sus canas, ya que todos los minerales lavados por la lluvia de los montes, son muy pesados para entrar otra vez en el ciclo de la lluvia con la evaporación, por lo que el mar los guardo en el ático de los recuerdos, e imposible como a cualquiera de esconder el tiempo, lo "salado" cubre sus aguas con estas canas, y todos sabemos que las Canas sólo hacen interesantes a las personas. 

Qué irónico que aquel viejo me haya enseñado a no ahogarme en un vaso de agua. Qué impresión saber que a veces la belleza del presente con los paisajes de la vida. Ahora tengo que dejar al este viejo para que siga acariciando a mi madre tierra, pareciese que le hace olvidar por un momento la carga de nosotros sus inquilinos. Con demasiadas cosas en el cabeza, ya no hay espacio para una bala, así que dejaré estos peligrosos confines playeros. 

Mientras aprendo del diminuto yo y deseo suerte al futuro yo. Cambio la canción del iPod, que al presente yo, ya le hartó...

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