domingo, 5 de febrero de 2012

Mein Kampf

Caminando una tarde que más que gélida, era dolorosa, con una calma casi lúgubre que sólo un pueblo Alemán conoce, donde mi música ensordecedora comprimida en unos audífonos parecía romper, observaba a mi alrededor cualquier cosa que me hiciera olvidar ese frío que parecía alejar mi casa varios kilómetros más de lo que en realidad estaba. Al haberme casi acostumbrado a no entender los mensajes que veía en cualquier lado, ya que en lugar de otro idioma me parecían sólo un conjunto de letras de orden inexistente, giré a ver uno de llamativo color, por suerte para mí, se podía leer "bazar", emocionado ya que en muy pocas palabras coinciden nuestros idiomas.

Me metí a lo que parecía ser otro patio abandonado, al final del pasillo se podía ver una tienda descuidada, con muchos objetos viejos en su exterior e interior, el paraíso de un estudiante como yo. Mire los objetos, muy viejos al parecer y lo más importante, estaban más que accesibles a mi  bolsillo, como niño en una juguetería, tomaba todo lo que parecía interesante siempre y cuando su costo no pasara de lo que mis bolsillos albergaba, estaba maravillado con el lugar, por regla general siempre buscas algo más y más.

Recapitulando todo lo que me hacía recordar este recto Alemania, no pude pasar por alto a su emblemático líder, Adolfo Hitler, pero qué podía encontrar ahí sobre él que en ningún otro lado, ¡lo tenía! Mi lucha, su famoso libro que acopió todo lo que a él movió, era más por morbo que por intelecto, porque no entendería al leerlo en su idioma, pero qué va, por qué no tenerlo. Me acerqué a la encargada, y utilizando mi más que pobre alemán, pregunté por el libro "Mein Kampf", no sabía cómo interpretar el asombro de esa anciana, por suerte para mí, ella me contestó en un inglés insólitamente fluido, nunca olvidaré sus palabras "Se supone que debo entregarte a la policía en este momento".

En un país donde existió la SS (Schutzstaffel) decirte "la policía" toma otro tinte, por gracia divina, la anciana notó mi preocupación y la cara de real asombro que me abordaba, combinado con mi pésimo Alemán. Se dispuso a contarme.

Siempre pensamos que un líder dirige las ideas de una muchedumbre, pero no, ahí el arte del líder, él hace que tú creas eso. La diferencia de un líder y un filósofo, no son las ideas geniales, ya que los dos la tienen, sino la capacidad de acción de llevarlas a cabo. Sólo que las ideas, como toda obra, si quieres llevarlas a la vida, después morirán. 

Por lo que el meollo es la convicción, Aristóteles creía en algo que después el pueblo adoptó, pero con recelo, pero Julio César hizo que el pueblo decidía lo que él les hacía pensar, lo malo es que para que tú "pienses" una idea que no es tuya, alguien debe primero haberla pensado por ti, y su grandeza sólo son las cenizas de lo que en verdad existió, ahí quedó Hitler, Mussolini, Julio César, Annibal, Napoleón, Porfirio Diaz, Ghandi etcétera.

Por eso esa anciana se tomó con infinita paciencia lo que yo había hecho, me explicó que el gobierno tiene prohibida su venta, y su posesión, que después que murió su líder, todos despertaron de esa somnolencia casi caída en veneración. Y se dieron cuenta de qué habían hecho, y qué les había costado a ellos, a esa anciana en especial, le costó su padre y su abuelo, y así en general creando una frialdad en su pueblo bien distinguida en el resto del mundo.

Lo único que intenta hacer el gobierno es matar la mente de Hitler, no despertar su genio otra vez, no convencer desde el más allá, así fue como un día cualquiera casi visito las mazmorras y el pasado, al mismo tiempo.


Así fue como luché para no caer en otra lucha, eso me hubiera llevado a la caída...



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