jueves, 9 de febrero de 2012

Un hostal, un mundo, una sola vida...

Me dispongo a tirarme otra vez en esa cama desconocida, que pareciese convertirse en un objeto personal en cuanto me postro sobre ella, pese que comparto mi "habitación" con otras tantas caras, que al ser desconocidas me da la impresión que son las conocidas de siempre. Hasta mis sucias botas parecen agotadas, pero por fin en mi suite, que hacen llamar hostal.

Hay muchas cosas que no se debe hacer en un hostal y la primera, por lo tanto la más importante es no visitarlo. Siempre caras diferentes, costumbres, idiomas y hasta hábitos de limpieza. La complicidad de la aventura es lo único que nos une. Es impresionante como un sencillo cuarto puede albergar una parte del gigantesco e irreal mundo.

Creo que empiezo a entender qué es la globalización, donde las frágiles literas toman el lugar de los grandes edificios, donde el crujir de la madera asemeja el bullicio de las grandes ciudades.

Descubres que algunas pequeñas cosas que nosotros tomamos por necesidad, sólo son lujos que hemos creado. Sábanas, toallas, incluso jabón en el baño son inconcebible para los invitados. Tener un colchón, calefacción, y un mundo por conocer afuera son los motores que hacen que tus pies sigan dando más y más pasos.

Alimentarse es una preocupación siempre latente, donde tu menú del día recae en lo más económico y calorífico que puedas encontrar, la etiqueta "light" se vuelve una palabra tabú.

Comúnmente limitan a tu herramienta llamándola "mochila" pero es mucho más que eso, no sólo alberga tus tres playeras e igual número de ropa interior, un par de jeans 'por si las flies' (que por cierto el arte de bañarte y de lavandería se funden en uno), esa gran herramienta alberga mucho más que eso. Es una aliada, almohada para esas veladas en fríos pisos de aeropuertos o de cualquier lugar, una amiga con la que puedes conversar sin guardarte algún recelo, un baúl en el que guardas tus más preciados tesoros y hasta un amante abrazo puedes encontrar con el que enciendes celos de la empalagosa soledad.

No sabes cuánto durará el viaje, pueden ser dos días, semanas o meses. El secreto es disfrutarla y apreciar cómo los hilos de la vida te pueden llevar a tantas partes, nutrirte de paisajes y siempre pensando cuál será el siguiente.

Creo que mi precaria compra de una taza de café empieza a levantar sospechas de mi prolongada estancia es este lugar, que con una ingenua coincidencia contiene mi piedra filosofal, Wi-fi, tomaré mis escasas pertenencias y continuaré mi viaje, mi lucha...

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